En economía y en política, muchas veces los hechos que alteran el clima interno no se originan puertas adentro. Surgen desde el exterior, de forma imprevista, con la potencia de esos “cisnes negros” que obligan a recalcular todo. La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que volvió a sacudir el escenario global, es uno de esos episodios que ningún funcionario argentino tenía contemplado en su agenda para 2026. Y aunque por ahora sus efectos se perciben de manera tenue, varios ya optaron por encender señales de alarma.
El primer reflejo apareció donde suele aparecer cada vez que estalla un conflicto en Medio Oriente: el petróleo. Desde el viernes 27 de febrero, cuando comenzó la ofensiva militar, el barril Brent trepó más de un 10% y se ubicó en torno a los US$84-85, después de haber cerrado la semana anterior cerca de los 73 dólares. Nadie sabe todavía hasta dónde puede llegar en las próximas jornadas. Mucho dependerá de que Estados Unidos consiga asegurar la circulación de los buques petroleros por el Estrecho de Ormuz, el paso por el que transita cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo.
Para la Argentina, ese movimiento tiene una consecuencia inmediata: si los precios se mantienen elevados, el país podría ver un aumento en los dólares que ingresan por exportaciones de crudo. No sería tanto por un incremento en los volúmenes exportados, sino más bien por el mayor valor de lo que ya vende. “Hoy todo lo que se produce encuentra comprador”, explica el CEO de una petrolera que pidió mantener el anonimato.
Algo parecido ocurre con el gas natural licuado (GNL), cuyo precio subió incluso más que el del petróleo. Aunque Vaca Muerta posee enormes reservas, la Argentina todavía no cuenta con la infraestructura necesaria para transportar y exportar ese gas a gran escala. “Si esto hubiera pasado en 2027, con los proyectos de GNL ya avanzados, el escenario sería muy distinto”, admitió el ejecutivo. En otras palabras, en el corto plazo el país no está en condiciones de abastecer a aquellos mercados que hoy buscan reemplazar el gas que provenía de Medio Oriente. Las consecuencias de años de escasa inversión se hacen evidentes cuando las oportunidades aparecen y pasan de largo.
De todos modos, el conflicto refuerza una tendencia que viene consolidándose en el mercado energético: la búsqueda de proveedores ubicados en regiones políticamente más estables. “La geopolítica —señala el economista Marcelo Elizondo, especialista en comercio internacional— pesa cada vez más a la hora de decidir dónde invertir”. Sin embargo, al igual que ocurre con la minería, los beneficios potenciales para la Argentina se verían recién a mediano o largo plazo. Habrá que esperar.
Donde la guerra podría tener un efecto más inmediato es en la dinámica de precios internos. Un petróleo más caro presiona inevitablemente sobre el valor de los combustibles, justo cuando el Gobierno intenta mantener a raya la inflación. Las naftas suelen ser una variable clave: cuando suben, arrastran costos de transporte, logística y alimentos. Para marzo, las consultoras privadas estiman que el Índice de Precios al Consumidor podría ubicarse entre 2,6% y 3%. No parece el mejor momento para sumar más presión sobre ese indicador.
Sobre todo porque la actividad económica aún no logra despegar. Al menos, no en los sectores más intensivos en empleo, como el comercio o la construcción. En privado, incluso dentro del equipo económico reconocen cierta frustración. Operaciones empresarias relevantes, como la posible venta de Carrefour en la Argentina, dependen en gran medida de que el consumo muestre señales de recuperación. “Los franceses decidieron esperar seis meses para ver si el negocio mejora y así obtener mejores ofertas de los interesados —siguen en carrera el empresario Francisco De Narváez y la chilena Cencosud—, pero difícilmente logren exhibir números más favorables”, señaló una persona involucrada en la negociación. Las ventas en supermercados siguen estancadas y, según referentes del sector, se ubican prácticamente en los mismos niveles de fines de 2023.
En el campo también siguen con atención lo que ocurre en Irán, consciente de que se trata de un factor disruptivo. Si bien podría generar alguna mejora en los precios de los commodities —aunque menos directa que en la guerra de Ucrania, donde los países involucrados eran grandes productores de trigo y maíz—, también puede encarecer insumos clave. Esta semana, por ejemplo, ya se registró una suba en la urea, y el aumento del petróleo podría impactar en el precio del gasoil justo en plena cosecha de soja.
Vuelo hacia la calidad
Aunque por ahora no hubo grandes sacudones, la tensión internacional también repercute en otro frente sensible para el Gobierno: el financiero. La reacción inicial de los mercados frente a un shock geopolítico suele ser la misma: los inversores se refugian en activos más seguros. En el caso argentino, esa dinámica se reflejó rápidamente en los bonos soberanos. El riesgo país llegó a rozar los 600 puntos básicos y terminó cerrando cerca de los 550, uno de los niveles más altos del año.
“El fly to quality —la migración hacia activos más seguros— podría generar presión cambiaria en distintos países, incluida la Argentina”, advierte Elizondo. Sin embargo, en el mercado cambiario local llamó la atención que el peso se haya mostrado prácticamente indiferente a las turbulencias externas. A diferencia del real brasileño, la moneda argentina apenas se depreció. Se trata de un fenómeno que ya lleva varias semanas y que incluso motivó consultas de técnicos del FMI con actores locales, según trascendió.
El Fondo Monetario Internacional, que tiene previsto analizar el caso argentino hacia fin de mes, no tendría grandes objeciones a la política económica de Luis Caputo. Es probable que insista en la necesidad de acumular más reservas, aunque en un contexto internacional marcado por la guerra en Medio Oriente resulta difícil que exija acelerar las compras.
Los inversores más sofisticados están atentos a cómo impacta el conflicto en la economía de Estados Unidos, ya que de eso dependerá la política monetaria de la Reserva Federal. Si las tensiones geopolíticas terminan generando presiones inflacionarias, la Fed podría posponer los recortes de tasas que el mercado esperaba para este año. Tasas más altas en Estados Unidos suelen desalentar la llegada de capitales a economías emergentes como la argentina. Se puede prescindir de Wall Street durante un tiempo, como sostiene el equipo económico, pero no indefinidamente.
En ese contexto, varias provincias que tenían previsto salir a buscar financiamiento en los mercados internacionales comenzaron a revisar sus planes. La semana pasada, por ejemplo, Entre Ríos tuvo dificultades para colocar su bono 2033 por US$300 millones. En lista de espera aparecen la Ciudad de Buenos Aires, Mendoza, Neuquén y Chubut. No todas cuentan todavía con la autorización del Ministerio de Economía que conduce Caputo. En el mercado se especula con que esas aprobaciones se demoraron durante el verano para que primero la Nación pudiera lanzar su propio bono internacional. Sin embargo, el cambio de estrategia del Gobierno —que muchos atribuyen directamente al presidente Javier Milei— y que derivó en la salida del secretario de Finanzas Alejandro Lew dejó a todos a mitad de camino: ni la Nación ni las provincias lograron aprovechar la ventana favorable que ofrecía el mercado.
Mientras tanto, en el mundo empresario empieza a ganar protagonismo un evento que, en circunstancias normales, concentraría toda la atención económica local: la Argentina Week en Nueva York. Las expectativas son altas. Gran parte del establishment argentino se prepara para desembarcar en Manhattan: banqueros, CEO de grandes compañías, ejecutivos de multinacionales y también algunos funcionarios. El objetivo es el de siempre: explicar el rumbo del país, atraer inversores y tomar el pulso del humor de los fondos. A pesar de la turbulencia global, la Argentina sigue despertando interés.
El Gobierno, de hecho, tiene resultados para exhibir. Aunque puertas adentro la tensión política se mantiene elevada. En cierto modo, da la impresión de que el principal riesgo para la administración libertaria no proviene de Teherán sino de su propio gabinete. Los movimientos recientes en el Ministerio de Justicia, que dejaron en una posición más frágil al influyente asesor Santiago Caputo, mantienen en alerta a varios analistas políticos. ¿Habrá represalias? Muchos consideran que la avanzada de Karina Milei en áreas que hasta ahora respondían a Caputo no se detendrá en Justicia. Tal vez lleve tiempo, pero la disputa interna está lejos de terminar.
En ese contexto empiezan a circular algunos nombres que, aunque todavía suenan lejanos, aparecen en conversaciones reservadas cuando se piensa en el escenario de 2027. Uno de ellos es el de Jorge Brito. El banquero —y expresidente de River— surge en algunos diálogos dentro del peronismo como un posible outsider capaz de tender puentes entre el mundo empresario y la política. No se trata de una candidatura en construcción ni mucho menos, pero sí de una hipótesis que algunos dirigentes imaginan frente a un peronismo que todavía busca reorganizarse.
Por ahora, todo eso pertenece al terreno de las especulaciones. La prioridad inmediata es otra: atravesar un contexto internacional incierto y sostener la estabilidad económica. Porque si algo demuestra la política argentina es que los cisnes negros que llegan desde afuera pueden incomodar. Los propios, en cambio, pueden resultar mucho más destructivos.